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¿Dónde está el valor agregado?

Opinion valor agregado Miguel Rojas
Opinion valor agregado Miguel Rojas


Hablamos de valor agregado como si fuera una propiedad de las cosas. Se lo asocia a una planta, a una máquina, a una tecnología. Pero agregar valor es, antes que nada, transformar: convertir un recurso, un conocimiento o una capacidad en algo de mayor complejidad y utilidad. Y esa transformación nunca la hace la máquina sola. La hacen personas que saben cómo.

Por eso, el valor agregado no es un punto, sino una cadena. Un recurso se vuelve producto, el producto convoca proveedores, los proveedores demandan servicios, los servicios generan conocimiento. Cada eslabón incorpora algo que antes no estaba. Lo que llamamos desarrollo aparece cuando esos eslabones se conectan y lo aprendido en uno alimenta al siguiente.

Pero una cadena tiene una geografía. Cada eslabón ocurre en algún lugar, con determinados trabajadores, bajo decisiones tomadas por alguien. Y no todos los eslabones pesan igual: en algunos se concentra el conocimiento, el diseño y la decisión; en otros, la ejecución de aquello que fue definido en otra parte. Dos economías pueden producir volúmenes similares y, sin embargo, ocupar lugares muy distintos dentro de una misma cadena.

Ahí la pregunta cambia de naturaleza. Ya no alcanza con saber cuánto se produce. También importa dónde se produce aquello que concentra mayor conocimiento y complejidad, quiénes participan de ese momento y qué capacidades quedan acumuladas allí donde el trabajo ocurre.

Conviene, entonces, distinguir tres dimensiones que suelen confundirse. Una es generar valor: producir algo que antes no existía. Otra es retenerlo: conseguir que una parte de ese valor permanezca, en forma de ingresos, proveedores, oficios y conocimiento, en la comunidad que lo hizo posible. Y otra es distribuirlo: que quienes participaron de su creación participen de sus resultados. Una economía puede generar mucho, retener poco y distribuir todavía menos.

El conocimiento agrega una complejidad particular. A diferencia de un recurso natural, el saber se acumula cuando se utiliza, se comparte y se transmite. Un trabajador que domina un proceso, que resuelve aquello que ningún manual anticipa, aporta una experiencia que forma parte del valor de una organización y de una comunidad. Esa experiencia también necesita continuidad: requiere espacios donde pueda ejercerse, transmitirse a otros y seguir desarrollándose.

De este modo, el valor agregado no se mide únicamente en lo que sale de una fábrica, sino también en las capacidades que quedan después de producir: experiencia, conocimiento, oficios, vínculos entre empresas y posibilidades de seguir aprendiendo. Una sociedad puede producir mucho y, al mismo tiempo, permanecer en aquellos eslabones donde las decisiones se toman en otra parte.

El desarrollo adquiere otra dimensión cuando lo que se produce deja algo más que un resultado: la capacidad de volver a producir. Pero eso no ocurre solo. Por eso importa observar qué lugar ocupa el trabajo dentro de cada cadena: no solamente si existe actividad, sino qué capacidades desarrolla, cuánto conocimiento incorpora y qué posibilidades tiene de participar en las decisiones que determinan qué se produce, cómo se produce y hacia dónde se dirige ese valor.

Entonces, ¿de quién es, en definitiva, el valor que se agrega: de quien lo produce, ¿de quién lo decide o de la comunidad que lo hizo posible?


Miguel Rojas
Profesor en Ciencia Política. Diplomado en Relaciones Laborales. Trabajador, militante.

Miguel Rojas

Profesor en Ciencia Política. Diplomado en Relaciones Laborales. Trabajo, política y representación.