Columna de opinion

¿Quién decide qué? ¿Quién decide cómo?

nota opinion Miguel Rojas

Toda organización que aspira a funcionar bien necesita dos cosas que no siempre van juntas: saber adónde va y saber cómo llegar. La primera es una decisión. La segunda es una capacidad. Responden a lógicas distintas y se construyen de maneras diferentes.

El Estado no es la excepción. Tal vez sea el caso donde esa distinción importa más, porque lo que hace o deja de hacer no afecta solo a una empresa o a un sector, sino a la comunidad entera. Por eso la pregunta sobre cómo se organiza su gestión no es una cuestión técnica menor. Es una pregunta sobre qué tipo de Estado es posible y qué puede esperarse de él. Un Estado no fracasa solamente cuando carece de recursos. También fracasa cuando pierde el oficio necesario para transformar decisiones en resultados.

Una institución pública tiene, al menos, dos funciones que operan en temporalidades diferentes. Una es la conducción: definir hacia dónde va, con qué prioridades y en qué plazos. Esa es una función genuinamente política; le corresponde a quienes la sociedad eligió para tomar esas decisiones y asumir su responsabilidad pública. La otra es la ejecución: traducir esa orientación en acciones concretas, sostenidas en el tiempo y articuladas entre sí. Esa función requiere conocimiento institucional, experiencia acumulada y capacidad técnica. No se improvisa ni se transfiere por designación. Cuando ambas lógicas se confunden, el resultado no es más política. Es menos gestión.

El trabajador que acumuló años dentro de una institución, que conoce sus procesos, sus tiempos y sus restricciones reales, es uno de los recursos más valiosos de una administración pública. Pero el oficio no se construye únicamente con años de permanencia. Requiere también formación, criterio y una carrera que habilite el desarrollo profesional sostenido. Una institución que no invierte en la profesionalización de quienes la ejecutan no puede esperar resultados que vayan más allá de lo ya conocido.

Los criterios de ocupación y responsabilidad de gestión deberían reconocer estas cualidades como condición central, porque ese conocimiento necesita posibilidades reales de desarrollo, y ese desarrollo debería encontrar su principal horizonte dentro de la misma institución que lo formó.

El equilibrio no está en tecnificar la política ni en politizar la técnica, sino en reconocer que cada esfera tiene su propio lenguaje y que la calidad de lo público depende de que ambas dialoguen sin que una absorba a la otra.

La política puede cambiar de gobierno, de orientación, de prioridades. Pero no puede reemplazar, de un ciclo electoral al siguiente, el conocimiento que se construye con años de trabajo dentro de una institución. Cuando ese conocimiento no se retiene ni se proyecta, cada etapa comienza desde más atrás.

Lo que hace posible que conducción y ejecución funcionen en armonía es la planificación, no como documento formal sino como marco que traduce decisiones estratégicas en acciones posibles, con tiempos, recursos y responsabilidades claras. Sin ese puente, la política improvisa y la gestión reacciona. Con él, cada esfera puede operar con claridad en su propio registro.

La planificación no es un ejercicio técnico separado de la política. Es, en sí misma, un acto político. Cuando las organizaciones no planifican, no quedan en un estado neutral a la espera de mejores condiciones. Pasan a administrar, de manera burocrática, planificaciones que otros construyeron con intereses propios. En el caso del Estado, eso tiene una consecuencia precisa: deja de operar como garante del interés colectivo y termina ejecutando prioridades definidas fuera de sí. Planificar no es solo organizarse. Es la forma en que una institución pública afirma para qué existe y en nombre de quién actúa.

Recuperar esa distinción no es una reforma administrativa. Es una condición para que cualquier proyecto político pueda traducirse en realidad. Porque gobernar no consiste solamente en decidir el rumbo. También consiste en construir la capacidad de recorrerlo.

Miguel Rojas

Profesor en Ciencia Política. Diplomado en Relaciones Laborales. Trabajador y militante.

Miguel Rojas

Profesor en Ciencia Política. Diplomado en Relaciones Laborales. Trabajo, política y representación.