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El mundial visto con la televisión apagada

COLUMNA DESOBEDESER

Ya sé —y muy bien— que cargamos con la cruz de nuestra propia humanidad. Que hacia su irremediable designio de agujero negro se mueve el mundo cada día más rápido. Que el apocalipsis es el último pulmón verde que le queda al planeta.

Y digo que lo sé porque, en el fondo, a todos nos suena; pan y circo. Pausa de hidratación. Nacionalismos fariseos.

El fútbol ni siquiera existía y el clarividente Sócrates ya advertía sobre las miserables vidas que jamás se detienen a examinar su existencia. La bola no corría y los tiranos de turno, a lo Trump, ya repartían laureles.

La Biblia y el calefón. La hamburguesa y el jugador. La bandera y la tele.

Cómo expresarlo entonces…

Sí. Incluso en disonancia con el Bukowski o Ferreira Gullar que en mí trasnochan. En contraposición a los Camus, Marx, Virginia Woolf o Penrose que me ilustran. A sabiendas de que, después del pitido final, los pobres solo serán noventa minutos más pobres. Aunque el puñado de mercaderes dueños de este sol —que ya no alumbra, solo vigila— regrese a la impunidad de sus mansiones, un Mundial más ricos. Pese al fondo del placard donde los rimbombantes patriotas de corazones apolíticos vuelven a tirar su camiseta por otros cuatro años.

Sin embargo: la pelota cura algo.

No hablo de milagros. No reverbero exitismos o pleitesías de rebaño (alentar a una selección de fútbol no es hacer causa con el suelo, ni te convierte en algún estereotipo de prócer).

Me refiero a esa sensación de fe por la sola certeza de que algo tiene sentido sin importar cómo resulte. Profesar el sobresalto. Conservar ilusiones sin ganancia. Jugar tan solo por amor al juego.

Igual que mi viejo hace siglos, después de cuarenta horas seguidas de laburo, devastado por los dones del capitalismo, diciéndome con una sonrisa gastada: «¿Vamos a la plaza un rato a jugar a la pelota?».

Como aquel piberío en los suburbios que todavía arma los arcos con dos buzos.

O este pretexto para llamarla y decirle: «¿Vemos en casa juntos el partido de Argentina?».

Ese, en definitiva creo, es el mayor mérito de este grupo de muchachos.

Jugar así.

Como cuando la pelota cura algo…

POR: WALTER STICKAR