Todos esperábamos lo mismo. El guión estaba escrito en la cabeza de cada argentino: el partido cerrado, los minutos que se escurren, la tensión en el aire y la inminente jugada descomunal de Lionel Messi. Esa genialidad de otro planeta que destrabara el nudo y nos diera la gloria. La epopeya, lo que dictaba la historia para el heredero y hacedor de la camiseta 10 —que viene de firmar un Mundial superlativo con 8 goles y 4 asistencias—, era que apareciera él.