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Para ganarle a Inglaterra, el HÉROE fue el EQUIPO

ARGENTINA VS INGLATERRA
ARGENTINA VS INGLATERRA

Todos esperábamos lo mismo. El guión estaba escrito en la cabeza de cada argentino: el partido cerrado, los minutos que se escurren, la tensión en el aire y la inminente jugada descomunal de Lionel Messi. Esa genialidad de otro planeta que destrabara el nudo y nos diera la gloria. La epopeya, lo que dictaba la historia para el heredero y hacedor de la camiseta 10 —que viene de firmar un Mundial superlativo con 8 goles y 4 asistencias—, era que apareciera él.

Pero el fútbol, a veces, prefiere escribir sus propios desenlaces. Y hoy decidió que el protagonista no fuera un hombre, sino un engranaje perfecto.

Eso no quita que el capitán no haya sido determinante. Sería un pecado omitirlo. Tuvo la frialdad para asistir a Enzo Fernández en el empate y, cuando el partido se moría, sacó de la galera un centro de derecha —su pierna menos hábil— para que Lautaro Martínez metiera el 2 a 1 definitivo sobre la hora. Messi estuvo, claro que estuvo (sumando dos asistencias clave hoy). Pero no estuvo solo.

«La genialidad individual te gana partidos; el trabajo colectivo te consagra en la historia.»

Los que tenían que aparecer

Cuando las piernas pesaban y el libreto se quemaba, aparecieron los que tenían que aparecer. El ingreso de Rodrigo De Paul inyectó una energía vital: no paró de pedir la pelota, de asociarse por la banda con un implacable Gonzalo Montiel (otro que entró con el cuchillo entre los dientes) y de inundar el área rival con centros constantes.

¿La edad? ¿El cansancio físico de una temporada extenuante? Pareció no pesar nada de eso. No dejaron de correr, de cabecear, de disputar cada pelota como si fuera la última. Pero, por sobre todas las cosas, no dejaron de jugar en equipo.

En tiempos donde se rinde culto a la individualidad, esta selección nos recordó que la mayor fortaleza radica en la unión. Hoy la chapa no la salvó una jugada mágica de otro planeta; la salvó el esfuerzo solidario, la cabeza fría de los que entraron desde el banco y el corazón de un plantel que se niega a rendirse.

Y si de construcción colectiva se trata, es imposible dejar afuera a la tribuna. Esa marea de almas que no paró de cantar un solo segundo, desafiando al reloj y a los nervios con un grito sagrado que bajaba a la cancha como un escudo. El aliento fue el combustible; la fe inquebrantable hasta el último suspiro, el motor que hizo posible el milagro sobre la hora.

El próximo domingo la historia marcara el destino del mundial en lo que será una final vibrante frente a España, pero mas allá de todo, hoy, para alegría de todos, el héroe fue el equipo.