La independencia importada.

¿A dónde? ¿Cuál independencia? ¿No es la concepción de soberanía actual la aspiración al mayor alcance material de dependencia? ¿Qué dimensión colectiva subsiste aún en ese término si a la sociedad le es suficiente con poder tener las cuentas al día y abonar la prenda del automóvil nuevo? ¿De verdad el denominador común anhela arbitrio propio o fantasea con ser Estados Unidos?
¿Es viable incluso sostener el parámetro de emancipación en este contexto de capitalismo de escarmiento y salvaje, de construcción de identidad y realización en la idea de un consumo frenético? ¿No resulta contradictorio y hasta ridículo repensar la libertad en un entorno donde la ciudadanía empodera a un tipo que escupe desaforado: “¡El Estado… fuera!”?
Cualquiera puede hacer la prueba; basta con pararse un día en la entrada de la Facultad de Derecho y preguntarles a los estudiantes que ingresan: «¿Por qué estudiás abogacía?». La mayoría responderá: por tradición familiar, la posibilidad de acceder a una mejor oportunidad laboral, un mejor salario, estudio propio, trabajar en tribunales, etc. Solo —y con suerte— uno de cada cien dirá: «Porque sueño con un mundo más justo».
Eso mismo. La noción de independencia es a la sociedad lo que el ideal de un mundo más equitativo es para la justicia.
Y si la palabra independencia ya no prescribe afán alguno de soberanía, es lógico que el espíritu del concepto de libertad se haya desnutrido hasta la mera sensación de adquirir cosas y, por consiguiente, la existencia se vuelva un dogma de espaldas a la vida y, en su defecto, la palabra Patria ya nada tenga que ver con Argentina. (He visto más gente disgustada porque el país no abra las importaciones al iPhone 15 que porque nuestros políticos lo endeuden a 100 años).
Lo que queda y sobra entonces, mientras tanto, es la idea de independencia como licencia poética. Como arresto individual y último bastión humano de, por ejemplo, quienes se toman una hora al día para leer un libro o dedicarla a algún arte; la del profesor y la maestra que siguen enseñando con dedicación por un salario miserable; la del médico que se queda después de hora para ver cómo evoluciona su paciente; la del científico altruista que no tiene ni para pagar la luz y sigue investigando por su cuenta.
«La primera independencia es leer», dijo alguna vez un poeta. Entonces, la segunda debe ser dudar inexorablemente.
¿No es esto que llamamos libertad, acaso, solo una cárcel con las puertas abiertas…?
