Mensaje de la Iglesia en el Tedeum: «La Patria no está al servicio de los gobiernos, los gobernantes deben servir a la Patria»

Durante el oficio religioso por el 25 de Mayo en la Catedral, Monseñor Ernesto Giobando pronunció una homilía con un fuerte contenido social. Advirtió sobre la profundidad de la crisis económica, el impacto en jubilados y trabajadores, y calificó al narcotráfico y a las apuestas online como las «nuevas tiranías» que azotan a la comunidad.
La Catedral de los Santos Pedro y Cecilia fue escenario este lunes del tradicional Tedeum conmemorativo por el 216° aniversario de la Revolución de Mayo. El oficio religioso contó con la presencia del intendente Agustín Neme, concejales de diversas bancadas, autoridades de las Fuerzas Armadas y de seguridad, así como dirigentes empresariales y sociales. En ese marco, la máxima autoridad de la Iglesia católica local emitió un discurso de fuerte tono reflexivo y crítico respecto de la realidad socioeconómica del país y el rol de la dirigencia.
Al iniciar su homilía, Giobando definió al 25 de Mayo como la «fiesta matriz de nuestra Nación» y trazó un paralelismo entre el desinterés de los próceres de 1810 y las demandas del presente. Frente a las autoridades civiles y militares, el obispo lanzó una de las definiciones políticas más categóricas de la jornada: “La Patria es más que el gobierno que la administra, ella no está al servicio de los gobiernos, son los gobiernos y sus funcionarios los que están al servicio de la Patria, de sus hijos e hijas y de sus más nobles intereses”. En esa línea, apeló al valor del juramento de lealtad y honradez que realizan los servidores públicos, señalando de forma metafórica que «nadie vendería a su madre o la dejaría morir de hambre en la calle».
El mensaje eclesiástico puso especial énfasis en la brecha existente entre las «altas esferas de las decisiones políticas, económicas y judiciales» y los ciudadanos de a pie. Giobando advirtió que el país atraviesa «tiempos muy difíciles» signados por una polarización que parece irreconciliable y por desigualdades que calificó de «extremas y humillantes». En un crudo diagnóstico de la vulnerabilidad social, visibilizó a los sectores más afectados por la crisis, mencionando de manera específica a «los que no llegan a fin de mes» y a los jubilados «que tienen cada día una comida más miserable y un pastillero más vacío», además del resentimiento productivo que sufren industriales, emprendedores y trabajadores de la economía popular.
Retomando las encíclicas del Papa Francisco, el obispo alertó sobre los riesgos de caer en una «anarquía» promovida por la globalización de la indiferencia y la cultura del descarte.
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